La voluntariedad es el principio más necesario de la mediación, ya que, si no se quiere iniciar un proceso de mediación, esta nunca llegará a existir.

Una mediación no existe si las partes que se encuentran en desacuerdo no lo desean; las partes deciden si quieren ir o no, y son libres de iniciarla, bien porque se pongan de acuerdo para ello, bien porque lo sugiera una de ellas y la otra acepte. Y aunque no es obligatorio acudir, el hecho de hacerlo, y hacerlo de buena fe, puede tener consecuencias positivas fuera de la mediación en si.

Las partes también podrán desistir de la mediación en cualquier momento del proceso, sin que por ello tengan ningún tipo de sanción. Al fin y al cabo, las partes son libres de llegar (o no) a acuerdos; son las partes las que han de alcanzar, de manera voluntaria y por sí mismas (aunque con la ayuda y acompañamiento de un experto, como el mediador), un acuerdo que resuelva el conflicto.

Imagen de  usuario flickr: VIC (hang_in_there)

Imagen de usuario flickr: VIC (hang_in_there)

Eso sí, la libertad de las partes para alcanzar el acuerdo y determinar el contenido del mismo tiene un límite: no se debe incumplir la ley.

La voluntariedad se ha de producir con pleno conocimiento de causa por las partes; y el mediador ha de asegurarse de que esto ocurra.

En resumen, la mediación es una manera de ayudarnos a solucionar aquellos problemas en los que nos vemos envueltos, sin que se tenga que aceptar una solución que no se desea.

 (Post obra de Lorena Sánchez Algarra, estudiante en prácticas de la facultad de Derecho de la UPV, bajo la dirección de Txetxu Urkiola Arenosa, presidente de IFAM)